Todo el año a guantazos, pero suenan en la radio los acordes del anuncio de las recomendaciones de la DGT para afrontar la operación salida de agosto y España entera se vuelve mansa, amable y sonriente. Gobierno y oposición están de vacaciones, dando lugar a un falso silencio que podría hacer creer que en verano no pasa nada, porque en agosto hasta los malos descansan. Realmente hermoso si fuera verdad. Ahora nos marchamos de vacaciones a tostarnos al sol, a sestear y a desgastar con nuestros pies los paseos marítimos. Todos vamos ligeros de ropa y recuperamos la capacidad de dialogar con otras personas sin necesidad de enseñar los dientes a la primera de cambio.

Como personas he de decir que ganamos bastante en vacaciones, aunque se nos olvide que aún existen 80.000 esclavos en Brasil, que ETA puede volver a matar, que Irak sigue desangrándose o que los españoles somos los que más drogas consumimos de toda Europa. Pero no pasa nada, porque ya habrá tiempo a la vuelta de meditar sobre estos y otros asuntos. Nuestra mayor preocupación ahora es aprendernos los pasos de la nueva canción del verano. Con el calor perdemos el oído y el sentido de la estética. A nadie le importa enseñar sus canillas peludas y blanquecinas, sus pechos caídos o su oronda barriga.

El tímido se vuelve deshinbido, el amargado se torna risueño, el gordo mete
tripa, el insociable se convierte en poco menos que un relaciones públicas, el
desafortunado en amores puede que hasta se coma un rosco y el hombre más
pálido del mundo intercambia su blanco nuclear por un tono de piel broncíneo.
La vida nos sonríe. Lo único que nubla este verano es que Paquirrín ha roto
con su novia. Y es que nada es perfecto.