
El escritor y jurista francés Charles-Louis de Montesquieu, conocido universalmente por sus Cartas persas y El espíritu de las leyes, fue el ideólogo de la separación de poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Esta doctrina, que data del siglo XVIII, está siendo pisoteada una y otra vez por el Gobierno. La justicia, que se supone independiente, ha alcanzado cotas de politización inimaginables con el servilismo de algunos jueces a determinadas siglas políticas. Lacayos los han habido siempre, pero lo cierto es que el poder judicial ha mermado en independencia y eficacia, hasta el punto de que lo que ayer resultaba condenable hoy ya no lo es. "Hecha la ley, hecha la trampa", que se suele decir.
Y es que el bueno de Montesquieu no murió en 1755, tal y como se recoge en los manuales de Historia, sino que ha muerto en épocas mucho más recientes. Su teoría de la separación de poderes es hoy papel mojado, pues sobre ella se escupe todos los días. El Gobierno socialista, al igual que los que le han precedido en el poder, politiza la justicia en favor de sus intereses.
Montesquieu ha muerto, sí señores. Montesquieu ha muerto una vez más, pero abrigo la ingenua esperanza de que resucite de nuevo, como tantas otras veces lo ha hecho, y ponga las cosas en su sitio.
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