Corea del Norte, una de las pocas dictaduras comunistas que aún quedan en el mundo y que gobierna con mano de hierro el inquietante Kim Jong Il, manifestó hace unas semanas su intención de desmantelar todos sus programas nucleares antes de que acabe el año, poniendo fin así a dos décadas de amenaza nuclear. La comunidad internacional respira aliviada y Estados Unidos alardea de haber ganado el pulso al país asiático.

Disminuida la tensión y disipado el escenario prebélico, la ONU se plantea ahora retirar el duro embargo económico que pesa sobre el régimen del dictador y que no ha hecho más que agravar la tragedia humanitaria que padece el pueblo norcoreano, donde dos millones de seres humanos se mueren literalmente de hambre mientras su máximo dirigente lleva una vida de lujos y excesos. Además, este estrangulamiento financiero podría conducir a Corea del Norte a vender productos químicos y material nuclear a otros Estados e incluso a grupos terroristas para tratar de paliar, de algún modo, la penuria de sus arcas públicas. Mientras tanto, Corea del Sur no quiere saber nada de su vecino, temerosa de que la miseria y la desesperanza provoquen un desplazamiento masivo de norcoreanos hacia su próspera y pujante economía, amenazando su Estado de bienestar.

No quisiera terminar estas líneas sin destacar la postura hipócrita de unos EE.UU. que, erigidos en gendarmes mundiales, deciden qué países suponen una amenaza y cuáles no. Naciones como Corea del Norte e Irán no deberían poseer armamento nuclear por tratarse de regímenes autoritarios, altamente inestables, pero ¿por qué Norteamérica no condena con igual rotundidad a otras potencias nucleares como India, China, Pakistán e Israel? Está visto que impera la doble moral. Antes de denunciar a los demás conviene mirarse uno mismo las vergüenzas.